La fertilización con nitrógeno es clave para el rendimiento, la calidad del grano y el resultado económico del trigo. No se trata solo de cuánto aplicar, sino de cómo, cuándo y en qué ambiente hacerlo.

El cultivo no responde igual en todos los lotes: la disponibilidad de agua, el potencial de rinde y la oferta inicial del suelo condicionan la eficiencia del nitrógeno. Por eso, un buen diagnóstico es fundamental para evitar pérdidas por déficit o excesos.

Fraccionar la dosis entre macollaje y encañazón permite mejorar la eficiencia, ajustar la estrategia y reducir riesgos. Además, las aplicaciones tardías pueden aportar calidad, especialmente en proteína.

En definitiva, una nutrición bien planificada —integrando diagnóstico, manejo y análisis económico— transforma al nitrógeno en una inversión estratégica para producir más y mejor.

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